8. El aceite

Capítulo 8. Si pierdes el aceite, te crujen las bisagras: El Aceite.

El Aceite y Mañiña

Mañiña y el viaje a la capital del Reino: lubrícate o te crujen. El aceite.

¡Hola! ¿Cómo estáisss vosotrosss, sabessss?

¿Qué? ¿Qué les parece mi nuevo acento? Yo me mimetizo en seguida, y cojo los acentos al vuelo, y por eso ahora estoy hablando así, en madrileño. O godo peninsular de toda la vida, que es lo mismo, pero de aquí. Total, que llegué por los pelos, porque el gobierno se quiere cargar al gobierno, porque por lo visto hay varios gobiernos, uno para todos y otro para algunos. Y entre mamporros y ruedas de prensa, me colé, porque lo bueno que tiene que se peguen entre ellos, es que no la miran a una. Y mira que es difícil no mirarme a mí, que no es por nada, pero para mis taytantos años estoy con este tipín y con este pelazo. Mejor que mi tataranieto Raúl Enrique, que está aquí en Madrid, pero el pobre no puede ponerse en marcha porque está todo cerrado a cal y canto, que de cal aun no han visto nada, pero cantos no paran de caerles en la cabeza, porque esto no camina. Y yo pensando … ¿no será que está todo cerrado porque tiene el mercurio retrógado, como dice el Pronto, y además las bisagras están faltas de lubricante y las puertas se han quedado trancadas? Lo iba a averiguar antes de lo que pensaba. Y yo llevaba la solución sin saberlo: El Aceite.

 

Mañiña fundó La Papita pal Kilo

 

DEJEN QUE LES ECHE EL CUENTO:

 

 

En el último episodio yo me fui en el Rayanel a Madrid en busca de unas silofonías. Bueno, pues ya estoy aquí, y eso que dos veces me cancelaron el avión. Al final salimos en el de la noche, y yo le dije al machanguito este que hace allí de camarero “Mira, mi niño, yo me voy a cambiar allí, que parece que en este sitio hay mucha corriente y yo sufro mucho de las coyunturas”. Y debía ser extranjero porque no me quería entender. Me dice “¿Qué asiento tienes?” (fíjate,  me dice de tú sin conocerme, casi seguro que era extranjero), y cuando se lo digo, me dice que no me puedo mover, que por culpa del virus cada uno tiene que quedarse en el asiento asignado. ¡¡Asignado, dice!! Yo no se qué es eso, así que le digo “yo soy de aquí, mi hijo, me tienes que hablar en español”. Definitivamente era extranjero. Total que le digo que no le entiendo pero que me voy cambiando, y me para y me dice que no. Que tengo que usar mi asiento por el bicho, para estar identificados. Y yo le digo, si lo que quieren es despistarlo, lo mejor es irse cambiando de asiento. Y el canchanchán se ríe y se manda a mudar. Estos guiris no sé ni cómo se levantan por la mañana sin hacerse daño.

Total que llego a Madrid y me viene a buscar mi tataranieto, y nos montamos en uno de estos cacharros que se parecen a las guaguas (hartobuses les llaman, no me extraña porque conducen como si estuvieran perjudicados por la mistela) y a medida que nos acercamos a Madrid la silofonía se hace más y más fuerte. Y bajando por la calle de Alcalá, como en el cuplé, era ya una fiesta de los Dolores de oídos. Y apareció ante nosotros. Allí estaba, impotente, presiosa, blanca sucia, y sobre todo … ¡abierta!. Desperté a Raúl Enrique que iba roncando, y le dije, “Mira mi niño, eso tan bonito ¿qué eh?”. Y me dice “La Puerta de Alcalá”. Acabáramos. ¡Ese era el origen de las silofonías! Salían de allí, así que nos bajamos en el primer semáforo y lo entendí todo. “¿Esta puerta no cierra nunca? ¿Siempre está abierta?” Y mi tatara me dice “No, Mañiña, esta no se puede cerrar”. Y lo entendí todo. “Eso son las bisagras, mi hijo”. El ruidito que yo había escuchado era precisamente la Puerta de Alcalá que no se podía cerrar y no paraba de crujir.

Así que saqué el bote de aceite, como en los viejos tiempos, y crucé hasta el paterrito que tiene la puerta, tan hermoso (bien de pitidos la gente, y mi tatara parando los coches. En verdad en Madrid están muy estresados, se los digo). Y como no encontré las bisagras, eché un poco por aquí y otro por allá, y mano de santo. Paró la silofonía. Y es que el aceite es un verdadero milagro. Fíjensé, tiene vitamina E, que es un antioxidante natural y estimula el sistema inmunitario y protege de los radicales libres (el domingo voy a una manifestación con una botellita a ver si se calman). Dicen que ayuda a prevenir el cáncer y previene enfermedades cardiovasculares. Además tiene omega 6, y es antiinflamatorio, y es bueno para la piel porque contribuye a la formación de la elastina y el colágeno. Y yo pensando en el chiquito guiri del Rayanel, me he acordado de lo bueno que es es para eliminar los piojos.

 

Mañiña fundó La Papita pal Kilo

 

MAÑIÑA TE ACONSEJA:

HOY Cómo acabar con los piojos con un poco de ACEITE.

 

Además de usarlo para hacer mojo rico, el aceite se puede usar para librarnos de los piojos (En Madrid los ciudadanos empiezan a hablar de usarlo con los políticos cuando se pelean, pero no sé si será de broma). Si no quieren llenarse la cabecita suya y la de sus chinijos con líquidos artificiales y provocarse todos con ese olor dudoso, pueden hacer como hacíamos antaño y usar aceite. Miren cómo: en un poquito de aceite de girasol echan unas goticas de aceite esencial de lavanda o cualquier otro que les guste, y se lo aplican en el pelo. Lo dejan un tiempito y luego lo aclaran. Y manito de santo. Fáaasil.

Mañana voy a ayudar a Raulito con los mojos, a ver si aprendió algo.

Por cierto, fíjensé (así, con dos tildes, en la í y en la é) que la base del mojo es … ¡¡el aceite!!

Así que ya saben, si quieren antioxidarse y auyentar a los bichos prueben a echarle a una hamburguesa ¡¡MOJO QUESO!! por ensimba, y verán que al día siguiente les deja de crujir la reúma.

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